El sueño donde no estuve yo…

Los hombres y las mujeres de la comarca tomaban el día con clara naturalidad. Los eventos que se aproximaban tenían años celebrándose y hasta el último minuto nadie mostraba interés en el asunto. No se necesitaba organización alguna, no había un comité especializado en la realización del evento, no existían personas planeando la decoración y tampoco había alguien a cargo de un ambigú o algo parecido. Las personas sabían que tenían que juntarse a cierta hora, en cierto lugar y la música los iría guiando poco o rápidamente.

Llegada la noche de aquel verano, justo cuando estaba acercándose el otoño pero el calor todavía se hacía sentir, los hombres y mujeres de ese pueblo de determinadas edades, se dieron cita a las afueras de la civilización. Hombres y mujeres de todas condiciones, de todos los tamaños, de todos los colores, de todos los sabores, de ropas ligeras, pintados por todo el cuerpo con tinturas vegetales y de ganas a ciegas, se encontraban juntos para comenzar un extraño ritual que sólo en ese lugar se llevaba a cabo. Ellas, todas, recién bañadas, perfumes de flores, de pieles de seda, de dobleces sensuales, de pezones grandes o pequeños, de piernas como leche o de chocolate, de nalgas caídas o de firmes y jóvenes muslos; ellos aseados, de panzas variadas, de largas o nulas barbas, de marcados cuerpos, de penes pequeños o grandes manos, de todas las complexiones, de distintos olores concentrados, con diferentes colores en los iris. El bufete estaba servido.

La música comenzó sólo para indicar que todos debían de tomar posición; hombres hacia un extremo de la planicie cubierta de musgo, las mujeres del lado contrario. Los latidos del corazón podían notarse bajo las ligeras o escasas ropas de los presentes, un poco de sudor, los ojos cómplices, los temblores de las piernas, los fluidos tempranos. Y al primer tono de la segunda melodía todos avanzaron hacia el lado contrario.

Absolutamente todos se encontraron contra todos; uno, dos, tres amantes al mismo tiempo, tumbándose en ese mismo lugar a los ojos de otros tantos que se tocaban y que se lamían de la misma manera que los vecinos que metían las manos bajo todo lo que se podía. Un bacanal de sonidos y de olores era compartido por una centena de personas que necesitaban sentir. Orgasmos, semen, gritos eran repartidos a diestra y siniestra mientras unos cuantos un poco más tímidos se limitaban a observar. No importaba la condición, mucho menos la complexión, lo importante era morder, chupar, meter, tocar, mojarse, reír y embriagarse unos de otros. Las tintas vegetales se encargaban de tapar las imperfecciones, las sedas sobre la piel seducían al tacto, la noche escondía los temores y la mayoría no eran mas que animales que deseaban al prójimo con toda la lujuria que el cuerpo podía acaparar. Se amaban, todos se amaban, se perdían en pasión y el perfume de los cuerpos los embriagaba de placer; una completa orgía de instintos. Hombres con hombres, mujeres con mujeres. Los mas tradicionales no se separaban de sus parejas ya estables y disfrutaban del espectáculo para entregarse a ellos. Y la música sonaba y les marcaba el ritmo del festín corporal que ahí suscitaba. Recorrían espaldas, besaban abdómenes, metían dedos, tiraban cabellos, tomaban caderas, penetraban entre enredaderas, arrancaban suspiros, lamían plantas de los pies, mordisqueaban orejas, recorrían labios, mamaban vergas, abrían piernas, tomaban por el culo, lengüeteaban vaginas, todo. Lo hacían todo y un poco más. Y sonreían y compartían y lloraban y se quitaban culpas de nuevo. Expuestos habían algunos que lo manejaban de mejor manera que otros pero había que aguantar. Nadie estaba obligado a asistir, simplemente a muchos los tomaba por sorpresa. Algunos escondían fetiches o placeres más extremos y se excitaban con la idea de gobernar una ciudad de mujeres desnudas; otras no se atrevían a invitar a un segundo amante para ser penetrada de manera múltiple – Poco, a poco – se decían en el pensamiento mientras eran explorados por un contrario.

Y así amaneció señores, unos cuantos sobre otras y unas tantas atravesados bajo otros. Ropas tiradas por todos lados y las esencias se mezclaban con el rocío y el pasto húmedo al amanecer. Había que huir rápido y sigilosamente para seguirse deseando el próximo año, tal vez para encontrarse a base del perfume y de la forma, no del trato diario dentro de la sociedad en la que compartían el día con día.

 

Tal vez…

Si, tal vez sería bueno dejar salir a jugar un rato a la malkaviana. Esas pequeñas escapadas que se ha dado han sido por lo demás reconfortantes; aullarle a la luna retando a los lobos, acechar un poco al neonato que apenas fue abrazado, mordisquear el cuello de el humano aquel que me promete amor sin saber con que tipo de bestia se está metiendo. Si, podría ser bueno dejarme salir un rato.

No, ¿pero qué estoy diciendo? ¿Acaso no recuerdas toda la inestabilidad, todo el desastre? ¿No recuerdas como te persiguieron? ¿No recuerdas como prometieron ir por ti si te veían de nuevo por estos rumbos? Inconsciente, inocente, estúpida e impulsiva; aquí te quedas, bien encerradita, no trates de convencerme de salir, que en varios problemas nos metiste. Ya de por si te dejo hacer mucho con esas escapadas de las que según tu no me doy cuenta. Basta Melina, duerme, duerme un poco más. No llames la atención de los lobos, te lo digo yo que se ha acercado uno el otro día y me preguntó por ti. Al parecer no ha sospechado nada pero definitivamente se dio cuenta de la cara que puse al verlo venir hacia mi.

¿Recuerdas al que mataste? Tenía sus ojos, la misma expresión. Me dijiste que alguna vez se habían enamorado, ¿cierto? ¡Ah! ¿Solo él? No importa, mejor mantente escondida bien adentro y que ni se te ocurra salir cuando el cuervo llegue que me la estoy pasando relativamente bien.

¿Alicia? ¿Por qué preguntas por ella? Ni pienses siquiera encontrarte con ella que la niña se ha vuelto por demás alegre. No, tu no eres alegre, tu estas loca y ya, no confundas. Vamos Melina, duérmete, hablamos mas tarde, duerme ya.