Castigo

“Hace días que deseo gritarlo, pero él lo guarda en silencio. Siento el cúmulo del éxtasis, él amarra mi boca, mi cuerpo y mi espíritu así, entonces, callan” A.

Entre sombras me toma y entre sombras me libera. Es delicioso cuando un hombre posee a la mujer haciendo que se moje hasta formar hilos de humedad que corren por las piernas, el trasero, manos y cara. El paquete completo contiene jadeos, gritos, marcas en la piel, gemidos, olores y otros puntos que van intercambiándose mientras pasan los minutos entre los amantes, en este caso, entre él y yo.

Mi orgasmo está cerca y lo sabe. Lo hace mas rápido a lo que yo solo llevo mi cabeza hacia atrás para recibirlo mejor. Para en seco y lo odio. Sabe que me hace desearlo mas pero de una forma dolorosa.

- ¡No pares! Alcanzo a ordenarle entre gemidos. No esta en mi papel ordenar.

- ¿Qué dijiste? – Me pregunta con ese tono que he aprendido a distinguir cada que piensa escarmentarme.

- ¡Nada, nada!

- ¿Nada, qué? – Me cuestiona esperando la respuesta que quiere escuchar.

- Nada, Señor – termino por decir discretamente pero aún excitada, a punto de explotar, deseando con todas mis entrañas que continúe. Me siento torturada, tanto placer arrebatado de pronto pero al mismo tiempo delicioso. La perpetuación de lo que me espera.

Una vez mas el ritmo se retoma. Me tuerce, me muerde, me nalguea, me domina. Yo sólo tengo que obedecer esta vez y se que él me someterá mil veces mas de ser posible.

Mi orgasmo por fin llega. Despliego los brazos, me libera. Me arqueo hacia atrás para extenderme mejor, para volverme parte de él. Algo se va acumulando en mi abdomen, algo que quiere escapar por mi boca: un gemido. Mis pezones se terminan de tensar cuando siente que esa bocanada de aire está a la altura del pecho. Llega a mi garganta para poderse volver sonido, para ser audible y entonces el peor de los castigos de él hacia mi: una mano sobre mi boca.

- SShhhh – sisea para contener mi voz. Es horrible mientras siento mi orgasmo sin poder gemir. Necesito escucharme, necesito que me escuche, necesito que vea el placer que me esta causando y que ya está terminando. Me ahogo, no me queda de otra que venirme en silencio. Cierro los ojos y no escucho nada, mi orgasmo se quedó a la mitad. Se que él termina por unos cuantos respiros violentos que ha dado, por unos cuantos espasmos en su cadera. También lo hace casi en silencio. No escucho nada. De haberme castigado de la forma mas deliciosa termina por aplicarme el peor de los castigos, el mas cruel, el mas malo.

a la memoria de los pendejos

¿Qué, si te miro?

¿Y qué, si una noche te presentas tan arrebatado?

¿Qué, si a la siguiente no me devuelves del brazo para besarme?

¿Y por qué no puedo decirte -quieto-?

¿Qué, si de repente lo quiero dejar todo y no ser consciente?

¿Y qué, si tu también te dejas un poco de ese miedo latente?

Después de todo era solo eso, solamente eso.

Borrachos y contentos, calientes y pendejos,

no me negué y tu te acercaste lento.

Pobre perrita

Había pasado mucho tiempo desde la última vez que ella sintió aquél incontrolable deseo. Situada en las ramas de un árbol que daban directamente a un cuarto blanco, Melina se dedicaba única y exclusivamente a observar a través de los opacos ventanales desde hacía meses atrás. Era como si ese ente, al entrar a la habitación, hiciera que las cortinas tomaran vida mientras acariciaban su piel mediterránea. Definitivamente, negras eran las intenciones de esta neonata de ojos grandes e inocentes enmarcados de una tez mortífera. Ella que lo deseaba tanto, solo se limitaba a verle desde lejos como siempre, como todo lo demás. Acariciando sus sueños, sus inquietudes y sus ilusiones a una distancia que hasta el más esperanzado caería rendido al reconocerlas tan alejadas. Así era todo lo bueno que la rodeaba, siempre efímero, lejano, inalcanzable, como lo era él en aquel momento.

¿Por qué ahora que ya había alcanzado esta estabilidad llegaba él sucumbiéndola de la permanencia para arrebatarle su paz y movilizando todos sus pensamientos de nuevo? Ella ya no era de sí misma desde hacía tiempo, si no de otro, otro no vivo, de funestos movimientos y aterradoras sonrisas, y ahora, sin que el sire se diese cuenta, era esclava en su pensamiento de un mortal. Odiaba que eso pasara, no era la primera vez, y las anteriores habían sido nefastas para los pobres amantes que habían pasado por su cuerpo. No era justo. Pobre Melina siempre deseando, siempre anhelando lo que ya se supone no puede tener, simplemente por ya no ser dueña de si misma. Pobre Melina…